miércoles, 27 de agosto de 2008

Siete

Eran las tres y media de la tarde de un caluroso día de agosto, yo tomaba tranquílamente el sol con mi hermana mientras mis padres preparaban el aperitivo. Llevábamos casi una semana en la playa, y ese día habíamos salido a dar un paseo en el barco de unos amigos. Todo parecía en su sitio; el sol brillaba, el mar estaba tranquilo, el viento nos refugiaba ligeramente del calor...
...hasta que el móvil sonó...
A día de hoy sigo maldeciendo aquel estridente tono que nos hizo levantar a todos la cabeza y distraernos de nuestra tranquilidad... todo era perfecto, las vacaciones soñadas por cualquier persona... pero en un segundo todo terminó.
Mamá estalló entre sollozos mientras mi padre golpeaba impotente la mesa en la que definitivamente, ya no tomaríamos ningún aperitivo...

Chicas, vuestro primo ha muerto en un accidente de circulación.

Y sin darnos cuenta... ya van siete años sin ti.
Siete años en los que nada ni nadie ha conseguido llenar tu vacío... siete años en los que hemos tenido que sacar fuerzas de donde fuera para seguir adelante sin derrumbarnos; en la boda de tu hermano, en la graduación de tu hermana, en el bautizo del sobrino que lleva tu nombre... en todas las comidas familiares que con el tiempo han terminado por desaparecer... porque a nadie le gusta ver un hueco vacío en la mesa, ni notar que tu moto, tu cruel verdugo, ya no está aparcada en la entrada como solía estarlo siempre.

Para ninguno de nosotros volverá a ser lo mismo subirse a un coche, girar la llave en el contacto, abrocharse el cinturón, meter una marcha, pisar el acelerador... porque tú vas a estar siempre presente en cada uno de esos gestos.

El año que viene ya serán ocho, y al que viene nueve, y al siguiente diez... pero por mucho que estos años hayan borrado las marcas del asfalto, nada conseguirá borrarte a ti.


Nur (a veces viene bien saltarse el guión para recordarle a la gente que somos mortales; las vacaciones ya han pasado y quizás esto llegue tarde... pero no importa, toda precaución es poca...)

Abróchate a la vida.

domingo, 3 de agosto de 2008

Pedacitos de una historia soñada (18)

Te conocí un martes de julio.

Apareciste sin más asomándote por una ventana que dejó entrar un vendaval en mi oscuro rincón. Todos los papeles que hasta entonces había amontonado volaron por los aires y yo me quedé atónita, observando cómo me hablabas desde la ventana sin que me preocupara el desorden que habías organizado; me daba igual, siempre me ha gustado el desorden, por no decir que el orden estricto me trae malos recuerdos… Desde entonces empezaste a asomarte todos los días por esa ventana. A veces sólo querías saber cómo estaba yo, a veces, venías con un montón de historias que contarme que yo, todavía sorprendida por tu llegada, escuchaba con devoción e intentaba atinar a encontrar la mejor respuesta o el mejor consejo para tus confesiones.
Empecé a necesitarte en agosto.
Apenas un mes me hizo falta para darme cuenta de que eras alguien a quien quería tener en mi vida; una de esas personas con las que tienes tan poco que ver, que sientes la necesidad de compartir todo para aprender el uno del otro. Ya era demasiado tarde para cerrar esa ventana, y sentía que si lo hacías, mi rincón volvería a oscurecerse y el desorden de los papeles empezaría a importarme de verdad. Durante el resto del verano, seguimos hablando de todo lo que la voz nos permitió contar, de todo aquello que pensamos que nunca podríamos compartir con nadie más, extrañados de que nos hubiera sido tan fácil encontrar un confidente con el que poder sentirse tan cómodo.
Desapareciste en septiembre.
Con la vuelta a la rutina y la llegada, un poco más tarde, del frío, te fue imposible mantener esa ventana abierta y vi como un día tras otro ya no recibía tu visita. Necesitaba volver a sentir el aire fresco de ese vendaval más que nada en este mundo, pero comprendí que por los motivos que fuera, debiéramos estar separados un tiempo para tener más adelante todavía más cosas que contarnos.

Durante los siguientes meses, la ventana se entreabrió un par de veces; quizás tres, quizás cuatro. Volví a saber de ti lo justo para respirar de nuevo ese aire y no caer en la tentación de volver a ordenar mis papeles. En una de esas, no pude evitar acercarme a la ventana y abrirla del todo. Ahí estabas tú, mirándome con una sonrisa cómplice desde el otro lado, y sujetando una vez más esa bola del mundo que me invitaba continuamente a hacerla girar. Pero no podía tocarla, era imposible sortear ese alféizar y llegar hasta ti.
Me seguiste hablando durante mucho rato, y yo seguí escuchándote encantada; pero una vez más tuviste que irte, y la ventana se cerró de golpe ante mis narices.
No has vuelto a aparecer este julio.
A día de hoy, hay otras ventanas que llenan de aire y de luz mi rincón; pero ninguna es tan grande como la tuya. Todavía me quedan algunos papeles por el suelo, pero no he podido evitar recoger algunos con el tiempo. Ha pasado ya mucho, demasiado.
De vez en cuando cuelgo una nota en la ventana con la esperanza de que pases por delante y la leas, con la esperanza de que reaparezcas y me vuelvas a desordenar todos los papeles que con tanto esmero he vuelto a colocar en su sitio, con la esperanza de que sigas contándomelo todo como sé que no se lo has vuelto a contar a nadie, para que yo pueda seguir escuchándote encantada… y para seguir soñando en alcanzar algún día esa bola del mundo que sigues sosteniendo en tu mano.
Ten seguro que siempre, siempre, siempre que llueve al otro lado... me acuerdo de ti.

Dedicado a todos aquellos que un día abrieron una ventana y poco a poco se fueron marchando...

jueves, 31 de julio de 2008

Pedacitos de una historia soñada (17)

Ella estaba cómodamente sentada con las piernas cruzadas y la espalda perfectamente alineada sobre sus caderas; lucía una minifalda tejana que dejaba ver el precioso bronceado que a esas alturas de verano le había dado tiempo a coger y sus sandalias de tacón estilizaban todavía más su esbelta figura. No tenía la cabeza recostada en el asiento, ya que desde que habíamos despegado, no le había quitado ojo a un libro de bolsillo que sostenía con sus delicadas manos perfectamente estilizadas con una manicura digna de una modelo.
Pasaba las páginas con detenimiento, como si cada vez que lo hacía, quisiera asegurarse de que no se le había escapado nada de la hoja anterior. En uno de esos vaivenes pude adivinar que se trataba de un libro de poesía, tenía pinta de romántica, eso sí… pero para mí seguía siendo un misterio qué tenía tan absorbida a una chica de mirada tan inteligente.
Yo pasaba las horas entre mirar sin demasiado interés al asiento de delante, distraerme con el vaivén de las azafatas e intentar robar de la ventanilla alguna vista interesante… pero no podía evitarlo, ella estaba justo delante y su visión me distraía de cualquier otra cosa. No era nada sexual, ni por asomo, quizás es que esa chica me recordaba a alguien, quizás a mí misma, antes de perder la ilusión por muchas cosas… o a lo mejor es que simplemente me apetecía curiosear un rato en la vida de una extraña…
Fuera como fuera todo cambió para mí cuando vi caer esa lágrima sobre la página 67 de su libro. La tinta se corrió un poco y ella intentó corregirlo rápidamente con el dedo índice, pero no lo consiguió… se llevó la mano izquierda al rostro mientras la derecha sustentaba el libro sobre sus rodillas, entrecerrado, con un dedo que intentaba conservar el punto de lectura. Pude observar algún espasmo que le recorría todo el cuerpo al intentar contener un sollozo e incómoda intenté que no se diera cuenta de que me había percatado de todo. A los pocos segundos, levantó la cabeza entre lágrimas y en un gesto de rechazo dejó el libro sobre el asiento vacío que se encontraba entre las dos; se dio la vuelta hacia la ventanilla, y recostada en el asiento pude oír cómo seguía llorando.
“Veinte poemas de amor y una canción desesperada”
A veces la apariencia nos hace juzgar equivocadamente a la gente; tendemos a pensar que personas como aquella chica, tienen todo lo que pueden desear en la vida, simplemente por tener algo que nosotros anhelamos; pero en momentos como el que yo viví te das cuenta de que eso no es cierto, todo el mundo tiene sus problemas, y la sensibilidad de una de las mejores obras de la historia, nos puede afectar a todos por igual…

miércoles, 21 de mayo de 2008

Pedacitos de una historia soñada (16)

Lo intuía desde hacía tiempo... lo notaba en mi pecho cada vez que te veía...

Hace mucho que te conozco y siempre he sabido lo especial que eras para mí.

No me he atrevido nunca a decírtelo y a lo mejor por eso vivo sumida en esta frustración que ha difuminado mi sonrisa.

Ya hace mucho que no hago nada sin pensar en ti, sin tenerte siempre presente y sin desear que estés a mi lado a todas horas.

Por eso no puedo evitar seguirte con la mirada cuando te levantas y te vas...

Por eso me sobresalto cuando me choco contigo...

Por eso me pongo triste cuando tardo más de dos días en verte...

Hoy me he dado cuenta de que, sencillamente, no sé vivir sin ti.

viernes, 25 de abril de 2008

Secretos


Apenas habían pasado tres días desde nuestro último encuentro...

Ese día tú llegaste media hora tarde y yo tuve que esperarte en la puerta; la gente pasaba por la calle y de vez en cuando me sostenía la mirada, supongo que intentaba verte en todos los chicos que pasaban por ahí pero tú nunca llegabas. Se me pasaron mil cosas por la cabeza durante ese rato. Estaba tan preocupada por si nos pillaban, que casi no podía disfturar de estar contigo, de lo que había deseado durante tanto tiempo...

Por fin apareciste con tu maletín de trabajo, tu traje gris que tan bien te sentaba y unas gafas de sol que desentonaban un poco con el día nublado que estaba haciendo. Yo esbocé la mayor de las sonrisas al verte llegar; estabas más guapo que nunca... Entraste tranquilo por la puerta, y como siempre olvidaste quitarte las gafas para guiñarme el ojo... yo entré disimuladamente detrás de ti y te seguí. Los escalones iban subiendo, los metros de pasillo avanzando, y las puertas iban quedando atrás... Por fin te detuviste, metiste la llave en la cerradura y dejaste abierto para que yo pudiera entrar, diez segundos por detrás de ti, como siempre.

Me estabas esperando dentro, apoyado en la pared, ya sin las gafas y sonriendo; acompañé la puerta con la pierna y decididamente me lancé a tus brazos. Tú me levantaste y me besaste. Parecías contento, me dejaste otra vez en el suelo y mientras nos mirábamos a los ojos me dijiste que me querías… me tenías poco acostumbrada a ello, la verdad, así que no pude evitar emocionarme; me agarré a ti y deseé que no me soltaras nunca… Colgada de tu cuello el mundo se veía de otro color, las palabras sonaban más bonitas e incluso parecía que tener que quedar en una triste habitación de hotel a escondidas fuera bonito… Pero mi familia no iba a entenderlo nunca, y tú tenías cosas por resolver ahí afuera, así que no teníamos otra.

Pasamos las siguientes horas sumidos en nuestra intimidad, respirando el uno por el otro, recordándonos con miles de besos y caricias por qué merecía luchar contra todos por nuestro amor… Cuando desperté ya te habías marchado. Sabía que no podías quedarte mucho rato, pero esperaba que me despertaras antes de irte… en vez de eso me dejaste una nota en la almohada.

“La habitación está pagada, no te preocupes. Gracias por estar a mi lado, mi amor.
Nos vemos la semana que viene.Te quiero”

Una semana más sin ti… Me agarré a la almohada, todavía tenía tu olor, y me volví a dormir…

Pasé los tres días siguientes soñando contigo, pensando en ti cada segundo del día, construyendo sueños para poder cumplirlos a tu lado algún día… hasta que una noche, di contigo en un restaurante. Estabas de espaldas en la barra del bar, también llevabas el traje gris y parecías estar removiendo el hielo de una copa. Pensé que a lo mejor estabas con alguien del trabajo así que no vi peligro en ir a saludarte… pero cuando me quedaban diez metros para llegar a ti chirrió la puerta de la calle. Entonces entró ella, tu mujer, y con el ruido que hizo la puerta te giraste tú también. Me viste, la viste a ella y te sobresaltaste… parecía que no supieras qué hacer… pero no hubo de qué preocuparse… tú mujer no me conocía y yo me había convertido en una maestra en esto de guardar las apariencias…

Me quedé como un pasmarote viéndola entrar… Era guapa, eso no podía negarse… pero no la mirabas igual que a mí, por mucho que quisieras negarlo, por mucho que quisieras convencerte de que con ella eras feliz y de que era más fácil seguir con tu mujer que dejarla por alguien diez años más joven que tú. Puede que yo fuera demasiado joven… que no estuviera preparada para vivir mi vida plenamente como una adulta, puede que yo no estuviera a tu altura, pero si algo me habías enseñado tú en el último año era que lo que importaba era encontrar a alguien con quien poder compartir los momentos que tú y yo habíamos compartido… inventar las historias que tú y yo habíamos inventado… y regalarnos la infinidad de besos que habían colmado nuestras noches secretas…

Pero una vez más cogiste el camino fácil y me ignoraste mientras mirabas a tu mujer entrar. Ella sonreía, se frotaba las manos por el frío y empezaba a desabrocharse el abrigo. Tú alargaste los brazos para ayudarla, y cuando se dio la vuelta para que se lo quitaras me miraste… tenías la mirada más extraña que te había visto nunca… no entendía qué querías decirme… ni por qué parecías triste en vez de asustado…

No tardé mucho en entenderlo… Bajo ese abrigo, se escondían todas tus preocupaciones… el motivo por el que llevabas unos meses un tanto distante conmigo, por el que querías que nos escondiéramos todavía más…


Esperabais un hijo. Estabais formando una familia juntos, la familia que yo soñaba que terminarías formando conmigo…

Intenté contener las lágrimas, pero no pude. Salí corriendo a la calle mientras me entrecubría la cara con una mano e intentaba no sollozar. Reflejado en el cristal, vi cómo me seguías con la mirada y cómo tu mujer se extrañaba ante la desoladora expresión de tu cara.

Ya no había más sueños que construir, ni más momentos que compartir, ni más noches secretas que colmar de besos… sabías tan bien como yo que no íbamos a volver a escondernos en ningún hotel y que habían sido sólo tu cobardía e indecisión las que te habían anclado en un matrimonio que no deseabas; yo te había abierto todas las puertas de mi vida hasta el día que cerré la de ese restaurante… y por la última expresión de tu rostro, me pregunto si desde entonces no fuiste tú quién pasó más noches en vela llorando por lo que podría haber sido… pero nunca fue.


domingo, 30 de marzo de 2008

Y para ti...¿qué es el amor?

La mayoría...lo describen con grandes frases retóricas del estilo “el amor es dar sin esperar nada a cambio...”, o te intentan contar el ejemplo concreto de lo que ellos viven, otros...balbucean hasta conseguir cuatro palabras sin demasiado sentido que a ellos les parecen un mundo...pero en el fondo no tienen ni idea, como muchos...mi madre, incluso dice que el amor es poner lavadoras incondicionalmente para el bienestar de tu familia! jeej Y supongo que parte de razón tiene...pero bueno; la cuestión es que el amor...me parece la cosa más difícil de describir...

Yo prefiero pensar que el amor es eso que te fuerza continuamente a pasar por un sitio en concreto, en un momento preciso, en el que sabes que te puedes cruzar con alguien; es lo que te empuja a levantarte temprano un sábado para provocar un encuentro fortuito, que puede que no salga bien, pero que al fin y al cabo...se ha producido. Es lo que te hace fijarte en detalles que a otros les parecen insignificantes, pero que sin embargo a tí te hacen sonreír todo el día como un tonto... y que al cabo del tiempo, cuando los recuerdas, te siguen pinchando en el pecho...

Una vez, alguien me preguntó que qué era para mí el amor...y yo, tras pensármelo unos segundos...le respondí que en realidad no lo sabía, que creía que era algo que no se podía describir con palabras...y quien dijera lo contrario, seguramente sabía todavía menos lo que era.
Simplemente, es algo para lo que el lenguaje todavía no ha sido capaz de crear una definición... si no, ¿para qué creeis que se inventó la poesía?

La réplica a esa respuesta...fue una mirada llorosa y un beso...

lo que para mí demuestra, que no hace falta saber explicarlo...para saber sentirlo.


jueves, 28 de febrero de 2008

y viajar...

Era un frío jueves de enero; llovía. Hacía demasiado que no sonaba el teléfono y el silencio me empezaba a volver loca, una vez más sin noticias de tí... Me entretenía dibujando con los dedos en los cristales empañados, recordando los largos viajes de invierno en coche , cuando mi padre me reñía porque dibujaba muñecas de trapo en los cristales, y después quedaba la marca...

Los viajes contigo eran muy diferentes...no hacía frío, ni me apetecía dibujar, ni tú me reñías por nada... más bien te reñía yo a tí por cualquier tontería... y tú me sonreías, y me decías que contenta estaba más guapa... podía pasarme horas y horas observándote mientras conducías... sin decir nada, sin ni siquiera preguntar adónde íbamos...
Pero un buen día se nos acabó la gasolina... y cobardemente decidimos abandonar nuestra vieja camioneta en medio de la nada...

Todavía era pronto para eso, todavía no había terminado el viaje. Fue una lástima...
podría habernos llevado a tantos sitios...
podríamos haber hecho juntos tantos quilómetros...
podríamos haber discutido por tantas cosas...

y yo...

podría haberte observado durante tantas horas más...

lunes, 18 de febrero de 2008

Pedacitos de una historia soñada...(15)

Dos segundos...

Dos segundos he tardado en adivinar de quién era la sonrisa que se escondía bajo esa gorra...
Dos segundos en recuperar la ilusión perdida ya no recuerdo cuando...
Dos segundos en volver a sonreír después de tanto tiempo...
Dos segundos más en pasarte de largo sin atreverme a decirte nada. Una vez más. Como siempre. Por culpa de lo mismo.

Y es que a veces una debe tocar de pies en el suelo y recordar que las grandes historias de amor, a veces sólo suceden en las películas, y que los mortales tendemos un tanto menos a enamorarnos de nuestros tíos, a planear citas secretas en un billar, a fugarnos a 10.000 kilómetros de distancia para vivir una vida sin obstáculos...nosotros tendemos más a los amores de bares y de ir de excursión por ahí... pero eso no evita que tengamos nuestros momentos mágicos, que soñemos, que apostemos a ciegas por algo que todo el mundo nos dice que va a salir mal...que busquemos a principes azules, que soñemos con lo imposible...

Porque como le dijo un día Montoya a Silvia...:

"¿Por qué te crees que eso sale en las películas? Porque es lo que quiere la gente..."

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Recuerdos de una historia paralela

Era un domingo después de una comida familiar, habíamos celebrado el cumpleaños de mi abuelo. Yo sólo tenía seis años pero recuerdo ese momento como si fuera ayer, es el recuerdo que tengo más vivo de mi infancia. Tú leías el periódico en el sofá mientras yo revoloteaba por la casa pidiendo a gritos que alguien me prestara atención; me acerqué a tí y tú no levantaste la mirada...te tiré tiernamente de una manga y entonces me miraste y sonreíste.
-¿Qué pasa cariño?- me susurraste.
-¿Por qué no sales a la calle a jugar conmigo?
-Cuando termine de leer el periódico, princesa...
Me quedé unos segundos mirándote sorprendida...no estaba acostumbrada a que me dijeran que no...me fui corriendo al jardín y ahí me puse a llorar. Mis primos seguían jugando como si nada, pero yo quería que salieras tú...a mí no me gustaba jugar con los niños de mi edad, prefería quedarme sentada en la mesa a escuchar lo que decían los mayores...tú me transmitías seguridad, y más allá de los lazos familiares que nos unían sentía una complicidad contigo que no he sentido nunca con nadie más. Apareciste unos minutos más tarde, cuando yo estaba jugando con los barrotes de la barandilla, me cogiste por detrás y me levantaste entre carcajadas...
Recuerdo pocas cosas sobre las otras veces que te vi de pequeña...pero sí que recuerdo los nervios del día anterior, las insistentes preguntas a mis padres...y las ansias de correr hacia a ti cuando te veía llegar...
Te casaste cuando yo tenía catorce años.
Contra mi voluntad acudí a la ceremonia con un traje pantalón negro que se ajustaba perfectamente a mi repulsión adolescente por el color rosa y al luto que, de alguna forma, quería vivir ese día. Todavía no entendía lo que me pasaba, pero sabía que no me gustaba la idea de verte ahí uniendo tu vida a alguien totalmente ajeno a mí, alguien que hizo que yo dejara de ser tu niña favorita, alguien que me robó tu cariño.
El banquete fue una pesadilla vestida de gala. Idas y venidas persistentemente seguidas de mi mirada, fotos en las mesas, bailes con parientes lejanos, y tú no estabas conmigo. Habías empezado una nueva vida y yo no podía hacer nada para cambiarlo...

Seis años después he vuelto a verte. Me miraste de reojo mientras le dabas dos besos a mi madre. Podía verlo en tus ojos, te sorprendiste al verme tan diferente. Con un palmo más de estatura, sin aparatos, con tacones y con los ojos pintados.
-Qué mayor estás...-dijiste en lo que pareció el suspiro. Yo te sonreí.
-Ha pasado mucho tiempo...-(demasiado), pensé.
Te brillaban los ojos...yo estaba a punto de estallar por dentrode la emoción...había vuelto a ser tu niña, lo sabía, no habia ni tiempo ni distancia que pudiera cambiarlo...

No sé cuando voy a volver a verte, ni si algún día se te ocurrirá llamarme, pero ten por seguro que no importa el tiempo que pase, ni las personas que pasen por mi vida. Hay referentes que nunca pueden borrarse y amores que no pueden derrumbarse ni con el mayor de los temblores. Y pase lo que pase, sé que tú siempre serás mi Lucas, y yo siempre seré tu Sara...

jueves, 29 de noviembre de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(11)

Mi vida en 10 segundos

Suena el timbre y con apenas cuatro pasos apresurados abandono el aula; una mezcla de cansancio y frustración me hace huír de ese agobiante ambiente para encontrar aire puro en algún sitio...pero me detengo sobresaltada y me quedo ahí, de pie, con una extraña sensasción en el pecho y un destellante brillo en mis ojos, inmóbil en medio del pasillo mientras te observo llegar. Desde el otro lado del hueco de la escalera levantas la mirada y empequeñeces los ojos...no estás seguro de que sea yo...pero sí; soy la de siempre, la de hace tres años en ese lugar, la del año pasado en los trayectos en tren, la que este año te busca desesperadamente entre la gente y no consigue arrebatarte más que un par de miradas a la semana.
Pero hoy ha sido diferente... he podido contar hasta diez mientras nos mirábamos, mientras tú leías en mis ojos cómo te pedía que te acercaras a mí hoy, mientras yo leía en los tuyos que puede que yo te importe más de lo que creía hasta ahora...

...pero una vez más, has bajado la vista, y has seguido adelante...

miércoles, 17 de octubre de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(10)

Hoy te he visto en la cafetería...estabas comiento y hablando felizmente con unos amigos mientras yo, desde una mesa no demasiado lejana no podía dejar de mirarte. Mi compañero de mesa se ha percatado de que no dejaba de desviar la vista hacia tu mesa, pero por el desengañado rictus de mi rostro no ha osado preguntarme nada...
Te reías a carcajadas, con esa sonrisa tan bonita que tienes que hace meses que ilumina mi vida cada vez que la veo...Esa sonrisa que me ha hecho cometer ciertas locuras, como dar dos vueltas a la universidad antes de irme por si te veo y por si surge la posibilidad de coincidir en nuestro regreso a casa, locuras como pasar por delante de tu edificio un par de veces por semana aunque tu casa no esté dentro de mi recorrido habitual...
Sonreías, sonreías mucho y yo no tenía nada que ver en ello. No soy la dueña de tus pensamientos, ni de tus besos ni de tus caricias, pero sí que soy la dueña de los ratos que paso en silencio, observando cómo hablas, cómo ríes, cómo te mueves y cómo andas.
Soy la dueña de mis sueños, y tú eres el más importante de todos ellos.
Hoy tú me has mirado un par de veces, no sé si porque sabías que yo te miraba o porque simplemente te habías percatado de mi presencia.
No nos hemos saludado; no hemos hablado; no me has llamado entre la gente como hiciste la semana pasada en aquel café...
Hoy no me has brindado la oportunidad de acercarme un poquito más a las estrellas...

lunes, 24 de septiembre de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(9)

Nada
Ese día llegué a las 8 de la noche a la ciudad. Había tenido una reunión en las afueras y un retraso en la red de cercanías me había complicado el día...
Me bajé del tren intentando no caerme con mis zapatos de tacón y agarrando contra mí el maletín del portátil con todas mis fuerzas. Estaba rodeada de gente que iba y venía y el ambiente me asustaba un poco. De camino a la salida, me fui cruzando con un montón de rostros anónimos que parecían vivir una realidad totalmente distinta a la mía. Una madre estrangera corría desesperadamente hacia su hijo de dos años que se le había perdido unos minutos entre la multitud; un grupo de estudiantes andaba parsiomoniosamente con cara de haber pasado dos días sin dormir. Me llamó especialmente la atención la figura de un chico que esperaba un tren en el otro lado del andén. Llevaba una enorme maleta gris consigo e iba exageradamente abrigado con un chaquetón negro, sólo lo vi de espaldas. Parecía llevar todas sus cosas a cuestas y estar huyendo de esta polvorienta ciudad; estaba nervioso, iba dando vueltas alrededor de su maleta a pequeños pasitos ajetreados. Verle a él fue como recuperar esa visión romántica que tenía a lo 16 años, cuando soñaba con ser fotógrafa e iba por la vida encuadrando escenas bucólicas, rostros desgarrados, pequeños detalles de la deshumanización. Pero el destino me había conducido a otro lugar, a un trabajo tedioso y rutinario, a una gran ciudad masificada; pero tenía a mi chico en casa y eso para mí lo valía todo.
Ese día le compré en las afueras una novela que llevaba mucho tiempo buscando, me moría por dársela y ver la cara que ponía; el mayor regalo para mí.
Una vez fuera de la estación andé con prisas las dos manzanas que la separan de mi casa, las tiendas iban cerrando y los autobuses iban llenos de gente que ansiaba llegar por fin a sus hogares igual que yo.
No podía evitar sonreír todo el rato, sabía que le iba a hacer mucha ilusión. Metí la llave en la cerradura y abrí sigilosamente; no quería que me oyera entrar. Dejé mis cosas en el recibidor, y me dirigí a la salita donde seguro que lo encontraría mirando cualquier programa basura con los pies sobre la mesilla de café. Pero ahí no estaba, ni en el baño, ni en su despacho. Fui a nuestro cuarto para llegar y morir en el acto...


Su mitad del armario estaba vacía. La casa ya no olía a su colónia, sus papeles no estaban sobre la mesa, ya no estaban nuestros recuerdos, nuestros tres años juntos; ni su ropa, ni su chaquetón negro, ni su maleta gris...
...nada.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Infidelidad

Carrie y Aidan estaban pasando una agradable tarde en el pequeño apartamento que la columnista tenía en Nueva York. Él había estado fuera un par de días así que tenían muchas cosas que contarse y la añoranza que habían sentido el uno por el otro no les permitía despegarse ni un centímetro; pero la tarde se vio interrumpida por una llamada...

Carrie: ¿Diga?

Voz (masculina) en off: Necesito verte.

Carrie: Miranda, luego te llamo...(con una asombrosa agilidad mental, aunque no por eso menos nerviosa)

Voz (masculina) en off: Estoy en la puerta de tu casa, si no bajas tú, subiré yo...

Carrie: De acuerdo, Miranda, luego te llamo...

Carrie le dijo a Aidan que iba a sacar a Pete, el perro de éste un rato, y que él le esperara en el piso. En el portal estaba él, Mr. Big, el gran amor de la vida de Carrie hasta que apareció Aidan y con el que había tenido un par de deslices el último mes; el último de ellos el fin de semana que Aidan estuvo fuera.

Carrie: No se te ocurra llamarme nunca más a casa; ¡camina! (mientras emprendía un rumbo al azar supuestamente para pasear al perro....)

Carrie y Mr. Big mantuvieron una acalorada discusión a escasos metros del portal de su casa. Había llegado el momento de terminar lo suyo, de poner punto y final a una historia que nunca tendría que haber empezado, o mejor dicho en el caso de Carrie y Mr. Big, que nunca tendría que haber continuado...pero él no se daba por vencido, la acosaba constantemente con llamadas a medianoche y la esperaba a menudo en la puerta de su casa dentro de su coche de cristales tintados que conducía su chófer. Carrie no sabía qué más hacer. Aidan la esperaba en casa y él era el único con quien deseaba estar. En un arrebato de ira Carrie soltó la correa de Pete, y éste aprovechó para empezar a correr. Pocos segundos después, una mujer de larga melena rubia rizada con unos shorts deportivos y unas sandalias rojas de tacón, corría desesperadamente detrás del perro mientras su amante la perseguía a ella. Los tres se perdieron de vista entre sí.

Carrie llegó a casa tres horas después, empapada por la lluvia, y con el rostro lleno de lágrimas. Estaba aterrada por tener que decirle a Aidan que había perdido a Pete, y además, las palabras y promesas de Big no dejaban de acecharle la cabeza. Al entrar en el apartamento, Aidan la estaba esperando preocupado. Pete había regresado solo a casa pocos minutos después, y Aidan no había vuelto a saber nada de Carrie.

Disculpas y lamentos llenaron la boca de la chica en percatarse de lo ocurrido, aunque se sintió inmensamente aliviada en saber que Pete estaba bien.

Carrie: Dios, soy una novia horrible...(dijo con su cabeza mojada apoyada sobre el pecho de Aidan mientras éste la cubría con una toalla seca).

Aidan: Eso no es verdad...pero...me estás engañando, ¿Verdad?

El rostro de Carrie se desgarró. Había llegado el fin, eso no tenía arreglo.

Aidan: Puedo olerte...has vuelto a fumar...

Carrie (confusa, por no saber si sentirse aliviada o todavía más culpable): Sí, es verdad...

"Esa frase era cierta" dijo la voz en off de Carrie en la narración.

Aidan: ¿y vas a dejarlo?

Carrie: te juro que es lo que deseo con todas mis fuerzas...

"y eso...tambien era verdad..."


Escena de Sexo en Nueva York

temporada 3 episodio 10

lunes, 10 de septiembre de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(8)

El secreto de Laura

Laura vivía sentada día y noche en el viejo sillón de pana del salón de su casa, mirando a través de los amplios ventanales. Detrás de ella, los montes la aislaban de una realidad de la que tiempo atrás había decidido dejar de tomar parte, en frente, sólo el horizonte que separa el cielo del Atlántico ponía límites a su imaginación. De día el tranquilo ir y venir de los pescadores de la cala la distraía, de noche apenas unas pocas luces lejanas se mezclaban con el feroz rugir del mar. Sus tristes ojos verdes contaban ya veintiséis inviernos que se reflejaban en el sutil movimiento de su cabellera rojiza y la tersa firmeza de su piel.

Ese domingo, como cada tarde, se sentó a dejar que la brisa la invadiera e inspirara, para poder terminar por fin esa novela que desde tiempos inmemoriales tenia en su cabeza. El último capítulo finalmente había llegado, justo cuando Laura ya no le encontraba sentido a su historia. Cuando apenas llevaba escritas dos páginas se cansó y encendió un cigarrillo con tal de encontrar una postura más romántica que la ayudara a pensar. Quizás era demasiado tarde para la casual visita de las musas; estaba un poco nublado y los ventanales se empezaban a empañar. Así que recostó el viejo cuaderno sobre el brazo del sillón y le dio las buenas noches.

Ese día no pudo dormir; durante un rato dio vueltas por la cama, en un inútil intento de sacudirse el frío que de madrugada siempre se colaba en el cuarto. Más tarde bajó al salón; todo estaba tal y como lo había dejado, pero esa noche sentía algo raro en el ambiente, alguna extraña sensación llamaba a su puerta. Días atrás se había dado cuenta de que esa melancólica clausura que había estado viviendo ya no tenía sentido y, por más que ella lo deseara, Luis no iba a volver. Tampoco era sensato intentar reescribir su historia en forma de novela, como si de ajenos hechos se tratara, cuando sólo era una triste excusa para no abandonar la vida que habían compartido. Lágrima a lágrima había recordado todos los detalles de los últimos años mientras perdía su vista en el mar, esperando que la marea le devolviera lo que el destino le había arrebatado. Pero a fuerza de tanto recordar, se le había olvidado vivir. No encontró mejor cobijo que una vieja manta apolillada, con la que se tapó para poder dormir en el mismo salón, con el susurro de la mar gallega de fondo, que esa noche le pareció una nana.

A la mañana siguiente, el estruendo de un cristal roto la despertó. De fondo se oían las carcajadas de los niños del pueblo jugando alrededor del caserío, como Luis y ella solían hacer de pequeños a la salida del colegio, y también en el capítulo II de su novela. Se levantó de un salto y fue a deslumbrarse con el brillo de las olas. Hacía un día bonito aunque las nubes se acercaban por detrás de las colinas. Al cabo de un rato, acudió al pueblo a comprar unos últimos víveres y aprovechó para mandar una carta, sabiendo con seguridad que el cartero no vendría a recogerla hasta finales de semana. De vuelta a casa, el chirrido de la cadena de la bicicleta la angustiaba, así que redujo la marcha, pudiendo contemplar así mejor el paisaje.

¿Qué había de raro en la novela?, se preguntaba. Había sido fiel a la historia, no había ningún fallo, ningún desajuste, ninguna contradicción, sólo eran ellos dos, jugando a ser mayores al principio, y más tarde, jugando a ser niños. El día a día de una historia que tan sólo ellos dos defendían aunque, al final, el destino no les diera la razón. Pero Laura no tenía ganas de seguir con ello, no quería recordar el final, pues la historia era demasiado bonita para que volviera a terminar así; prefería escribirlo de nuevo. Al llegar a casa arrancó las últimas páginas que le quedaban al viejo cuaderno a la espera de encontrar un destino mejor para ellas y se recostó en el sillón a pensar. De repente el rompecabezas empezó a cobrar sentido: esta vez Luis no se iría para siempre, esta vez sería Laura quien se marchara, quien lo dejara todo atrás sin importarle a quién pudiera herir. No era cuestión de despecho ni de rencor, era el equilibrio que toda historia necesita, el equilibrio que Laura quería para la suya. Así que volvió a su idílica trinchera de novelista y se encerró hasta que se puso el sol.

Tras escribir la palabra fin en las páginas rotas que había arrancado Laura se sintió aliviada, a la par que vacía. Reunió todos los folios que componían la historia y, orgullosa, los colocó sobre la mesa de la cocina. Acabada la novela no supo muy bien qué hacer con ella, así que dejó pasar las horas para meditar a qué dedicarse a partir de entonces. Quizás volvería al pueblo con sus padres, o volvería a empezar de cero, lejos de ahí. Pero horas antes, había mandado ya la carta que determinaba su futuro más inmediato, ya no se podía echar atrás.

Esa misma noche, novela en mano, Laura dejó su casa, descalza y vistiendo tan sólo un ligero vestido que siete años atrás había lucido radiantemente, y ya nadie nunca más volvió a saber de ella.

No fue hasta al cabo de cinco días que el bucólico paraje donde Laura vivía recibió una visita. Era su madre que, asustada y desesperada, gritaba el nombre de su hija por cada rincón de la cala. Adentrándose en el mar sólo se observaban cientos de folios empapados que empezaban a romper su forzoso vínculo para divagar cada uno por su lado. Apenas un par permanecían en la arena, para que la madre de Laura los pudiera recoger, y reconocer la letra de su hija en ellos. La mujer, desesperada, halló en ese guiño del azar lo que Laura ya le había anunciado en su carta. Se marchaba para siempre para poder seguir soñando, para no tener que afrontar todas las preguntas a las que no encontraba respuesta, para no seguir hiriendo a quienes la querían y quienes no podían soportar seguir viéndola vivir así. Sólo el mar sería a partir de entonces su compañero, su único confidente y amigo, como de hecho había venido siendo los últimos años, aunque esta vez la acompañaría en el final de su vida.

La mujer se quedó recordando a su hija sentada en la húmeda arena, rota de dolor, hasta que la marea y el frío la invitaron a abandonar la playa. Por unos segundos, no supo adónde ir, hasta que levantó la vista, y vio el viejo caserío de la familia que, después de tantos años, seguía esperándola con los brazos abiertos. Dentro no encontró más que el nervioso desorden que siempre había caracterizado a Laura, junto a un fuerte olor a incienso. Sus pertenencias estaban esparcidas sin demasiada precaución, excepto el cuidadoso esmero con que estaba colocado un sobre entre los cojines de la butaca de pana. Su madre sólo tuvo que leer el remitente para entender el porqué de toda la historia, pues ella sabía que Laura sólo vivía para recordar a Luis, aquél antiguo novio que había desaparecido sin más. Dentro del sobre encontró una carta con algunas lacrimógenas manchas de tinta aguada.

“Querida Laura,

Han sido muchos los momentos en que he intentado contarte qué ha estado pasando por mi mente en los últimos tiempos. Sólo tú me has servido de ayuda durante este maravilloso tiempo que hemos pasado juntos, y eso es algo que nunca te podré agradecer tal y como te mereces. Pero este agobiante ambiente está pudiendo conmigo. Te escribo sólo a ti porque siempre has sido mi confidente, mi mejor amiga, mi todo, y quiero que sólo tú sepas adónde me marcho. No te sientas culpable, debes estar contenta porque ahora seré feliz, lejos de todos, lejos del mundo, en el hondo mar que cada día visitamos. Recuérdame cada vez que visites la cala, y ten por seguro que hago esto pensando en ti, para que ya nunca más tengas que sufrir por mí.

Los momentos vividos ya nadie nos los podrá robar, y esa vitalidad que tienes te ayudará a seguir adelante.

Te quiero.

Luis”


Con este relato gané un certamen literario en segundo de bachillerato, y eso me animó a seguir escribiendo. Os he querido regalar esta primera historia que escribí por el apoyo que me dais siempre...qué lástima que ya no tenga tanto tiempo como entonces.
Un beso a todos

jueves, 6 de septiembre de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(8)

Diario de un anónimo enjaulado

Un cuarto, un ordenador, un cristal empañado...

No me considero una persona débil.
Muchos a mi alrededor, que no por eso me conocen demasiado bien, me llaman sin ataduras "la mujer de hielo". No sé muy bien por qué...porque he sabido llorar cuando ha hecho falta y he compartido con los míos infinidad de emociones que me han hecho igual de humana que los demás.
Sin embargo llevo permanentemente una máscara puesta que me impide mostrar demasiado a menudo las emociones que me inundan el alma. Puede que esa máscara me la haya puesto precisamente por la fama que un día cogí sin motivo aparente...no lo sé, es posible, la cuestión es que me siento ciertamente enjaulada dentro de mí...
Tengo ganas de gritar, de romper algo, de llorar...pero una fuerza inhumana me mantiene pegada a este sillón y no me deja evadirme. Hace un rato que veo borroso, no tengo fuerzas para enfocar, y mis tímidas lágrimas no se atreven a salir...
Una sucesión de flashes asalta mi mente en ver sobre la mesilla los pendientes que me acabo de quitar. Ayer mi chico estuvo jugando con ellos mientras fingía no escucharme para ponerme nerviosa...recuerdo nuestra primera cita, la cena que me preparó en la segunda, la película que vimos en la tercera, el día que me presentó a sus amigos, las incontables noches paseando por su ciudad, los ratos de despedida en el coche...las sonrisas, los besos, los silencios...sobretodo los silencios...esa ausencia de sonido que me está volviendo loca...las palabras salidas de su boca que se quedan en el aire, las promesas que se quedan por cumplir, los momentos que me parece que ya nunca más van a suceder, y si lo hacen, no tendrán el mismo sabor que siempre...

Llevo semanas comentando con mis amigos que ser la parte correspondida de una relación no es tan bonito como parece, es duro, aunque no tanto como ser la parte no correspondida...pero con los días me he dado cuenta de que es más fácil de lo que parece aprender a querer a una persona que aparentemente no tiene nada que ver contigo...el amor es un lenguaje universal. No entiende de razas, ni condiciones, ni gustos, ni aficiones ni de nada...el amor en sí es algo a tener en común...
...y en momentos como este...desearía no haberlo descubierto...

viernes, 24 de agosto de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(7)

Me tiemblan las manos...tengo una sensación amarga en la garganta. ¿Por qué no me llamas?
Sé que llevamos poco tiempo...pero lo siento, no puedo evitarlo, no puedo dejar de verte durante cinco días seguidos y no pensar a todas horas qué estás haciendo, con quién estás, en qué estás pensando...si te acuerdas de mí...
Porque yo sí que lo hago...pienso en ti a todas horas, recuerdo los pocos momentos que hemos compartido e imagino los muchos que nos quedan por vivir. Recuerdo esa noche en tu casa, en la que no dejaste de susurrarme preciosa al oído hasta que me quedé dormida; recuerdo esa tarde, en el parque, cuando bromeabas con los chicos que me miraban y fingías no ponerte celoso; recuerdo esa otra noche, cuando pasaste un buen rato sin hablar, suspirando, tan sólo mirándome...y yo no lo entendía, no entendía cómo te podías haber enamorado de mí tan rápido...me sentía mal por ello...no quería herirte. Pero ahora me da la sensación de que le hemos dado la vuelta a nuestra historia, y te entiendo más que nunca.
Entiendo que sólo quisieras sentarte a mi lado y juntar nuestras cabezas.
Entiendo que llegaras 10 minutos temprano a buscarme para poder esperarme de pie en la puerta en vez de tener que abrazarme dentro del coche.
Entiendo que insistieras tanto en quedar con tus amigos para que pudieran conocerme...
Te entiendo, amor, lo entiendo todo...
Pero, si es verdad que me quieres, ¿por qué no me llamas como prometiste?

¡Serás paranoica!

He vuelto a quedarme sin batería...

miércoles, 8 de agosto de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(6)

Estar contigo es recordar
que nuestra historia no termina
donde acaban las palabras,
es sentir que en nuestras manos
nace un mundo de emociones y misterios,
es saber que podemos confiar en ese mundo
con los ojos cerrados,
por que al abrirlos tendremos la certeza
de que el amor nos hace libres
para decidir y siempre elegir lo q amamos.

Por eso, adoro estar contigo.
Gracias, Cristian, por cederme una vez más tus magníficas palabras.

martes, 7 de agosto de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(5)

Cuando era pequeña solía sentarme horas y horas en el suelo, sobre un cojín, a observar como mi abuela cosía en su mecedora. Me fascinaba el movimiento de sus manos, la precisión con la que una mujer a quien la guerra había convertido en analfabeta era capaz de tejer al patrón de las más complejas ecuaciones matemáticas. Sus manos estaban llenas de experiencias y visiblemente marcadas por el tiempo, pero conservaban su agilidad, y poseían una inmensa sabiduría. Mientras tanto ella me iba contando historias de cuando era joven, de sus primeros amores, de un montón de cosas que, de no ser por esos ratos, nunca habría podido imaginar que ella hubiera vivido, y de vez en cuando me regañaba por no aprender a coser yo también.
Ahora me enfrento al mayor reto de mi vida. Debo remendar los miles de pedazos de mi corazón. Las miles de ilusiones que han quedado disgregadas sobre mi pecho adoptando una amorfidad asfixiante. Los sueños que un día tuve y que ahora no pienso dejar que se pierdan por un desengaño.
Mis manos aprendieron a acariciarte, a quererte y a amarte siendo aún una niña, y a tu lado me convertí en la mujer que soy. Desearía que mis manos no fueran así de inexpertas, así de jóvenes, así de débiles para poder reparar el daño que nos hicimos, desearía tener la destreza de unas manos marcadas por el tiempo para poder borrar tu recuerdo de mi pecho y de mi cabeza; pero parte del olvido es el adquirir esta experiencia, es el vivir mil derrotas para poder conseguir al fin, la gran victoria, es tener que remendarme mil veces hasta quedar del todo firme, es vivir mil historias fallidas para encontrar al fin el amor de verdad.
Siento que tú hayas sido sólo una piedra en mi camino, pretendía que fueras mucho más...

lunes, 6 de agosto de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(4)

Estimada Cristina:

Recibí una misiva de tu abogado, donde me invitaba a enumerar los bienes comunes para comenzar el proceso de disolución de nuestro matrimonio. A continuación remito la lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de comparecer ante el tribunal.
He dividido la lista en dos partes. Un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme, y otra con las que te puedes quedar tú.
Para cualquier duda o comentario, puedes llamarme a la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.

Cosas que deseo conservar:

La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.

El rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor cuando te bajaste, y yo aún no me atrevía a hablarte.
El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
La mancha de rimel en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
El mordisco que dejé en tu hombro y que tuviste disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
Las gotas de lluvia enredadas en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
Las horas mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos.
También las horas que pasé soñando o simplemente pensando en ti.


Cosas que puedes conservar tú:

Los silencios.
Besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.

El sabor acre de los insultos y reproches.
La sensación de angustia al descubrir que tu lado estaba vacío.
Las náuseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
El cosquilleo de mi sangre cada vez que te encerrabas a hablar por teléfono con él.

Las lágrimas que me tragué al descubrir aquel arañazo ajeno en tu ingle.
Jorge y Cecilia, los nombres que nos gustaban para los hijos que no llegamos a tener.


Con respecto a los objetos que hemos adquirido y compartido (el coche, la casa, etc.), puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo, son solo objetos.
Por último, recordarte el número de teléfono de mi abogado para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.

Afectuosamente, Roberto.

Esta es la carta ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor

La recibí a través de un mail de una amiga mía, hace unos meses, y desde entonces, se ha convertido en un referente obligado en todos mis textos y poesías. Desconozco quién es el autor, y es una lástima, porque realmente es digno de ser citado en este y en los otros centenares de blogs en los que seguro que está colgada. Me gustaría haber sido capaz de escribir yo algo así, pero me parece demasiado perfecto para haber salido de mi puño y letra.

¿Sabéis una cosa? He tecleado "divorcio" en el google para encontrar imágenes para poner en esta entrada, y lo primero que me ha salido ha sido "divorcio express 440€".

Ésta es la frivolidad con la que se trata al amor en esta mierda de sociedad.

sábado, 4 de agosto de 2007

Pedacitos de una historia soñada...(3)

Fue un sábado a las 7 de la tarde, tú habías venido a buscarme a casa, cuando aún vivía con mis padres, y conseguiste arrancarme del sofá en el que llevaba un par de días un poco mústia. No te costó mucho, apenas un par de besos...
Salimos a pasear, recorrimos todos los rincones de la ciudad que habían significado algo para nosotros en el corto mes que llevábamos juntos; el cine donde fuimos en nuestra primera cita, los bancos del paseo, aquella esquina de encuentro entre tu calle y la mía, tu portal...; pasamos por delante de una heladería “Aquí solía venir yo con mi primera novia” tú me miraste y me sonreíste, yo estaba un poco mosqueada... "No conseguirás ponerme celosa...”, “Pues qué pena...”
Me agarraste de la cintura más fuerte aún y me invitaste a seguir andando...Yo te di un beso en la mejilla y tú sonreíste ¿Te auerdas? Justo entonces pasó un amigo tuyo y te sonrojaste, aún no me los habías presentado, esa tarde estabas guapísimo...Seguimos andando un rato por el interminable paseo de nuestras vidas, tú me tapaste los ojos desde detrás y me forzaste a doblar una esquina.
“Qué loco que estás...”
“Tú confía en mí, quiero preguntarte algo...”
“Uy, qué miedo me das...”
Me dejaste de pie en medio de la nada, y me pediste que no abriera los ojos mientras tú te colocabas.
Me diste a entender que ya podía abrirlos con un beso en la frente; y ahí nos encontré, en frente de la joyería más bonita de la ciudad, tú te habías puesto una corbata para no perder la costumbre de hacer el tonto, pero te quedaba perfecta...yo me quedé confundida, no me dio tiempo a preguntar qué era lo que me querías decir; sonreíste y dijiste...

“¿Quieres ser mi Audrey Hepburn?”



Fue entonces, mi amor, fue entonces cuando me di cuenta de que me había enamorado de ti.