martes, 16 de septiembre de 2008

Mi vida con Lucas vol.II

¡Por fin Lucas y yo nos lanzamos a vivir como locos nuestra historia de amor! Cada beso era como el primer beso, cada caricia, como la primera caricia. Si me preguntasen “¿Has sido alguna vez feliz?” solo tendría que cerrar los ojos y acordarme de aquellas mañanas para contestar. Juntos habíamos conseguido dejar atrás ese ruido que no nos dejaba escucharnos. Ahora solo estábamos él y yo, abrazados en la cama, con el único sonido de nuestras respiraciones. Renunciamos a todo: a vivir en San Antonio, a nuestra familia, nuestros amigos… estábamos juntos en nuestro mundo de cristal… hasta que fui a casa. Vi la cara de mis padres y me di cuenta de que los mundos de cristal terminan por romperse en mil pedazos. Me sentí la peor persona del mundo.
Tuve que renunciar a Lucas para que mis padres no sufrieran, para que nadie sufriera. Pero ¿qué pasaba conmigo? Podía engañar a todo el mundo, interpretar el papel de la niña arrepentida y formal, pero estaba más pillada de Lucas que nunca, como una drogadicta a la que solo aliviaba saber si Lucas seguía ahí o no. Lucas era capa de querer más que nadie, pero también de sufrir más que nadie. Para resguardarse del dolor, se rodeó de un caparazón. Nadie podía entrar en esa fortaleza, donde los días que habíamos pasado juntos, no existían, ni nuestros besos, ni las risas. Donde Lucas se alejaba día a día de mi.
Nuestra historia se acabó como una película sin final. A la misma velocidad que Lucas se alejaba de mi, se acercaba a mi padre. Yo sufría sus momentos de exaltación de amistad. Empezó a crecerme una rabia por dentro que me cegó. Era una marea negra que me cubría. Lo que nunca había sentido con Lucas, celos, los tenía hacia mi padre de una manera enfermiza. Y los celos me llevaron a la desesperación… Mi padre y Lucas se dieron cuenta de que yo estaba fatal, que había tocado fondo. Entonces Lucas reaccionó: vino a hablar conmigo y me dejó traspasar el escudo tras el que se escondía.
Ese torrente de adrenalina contagió a mi madre y a las chicas. La Sara de siempre había vuelto. Estaba vacunada contra la tristeza, solo tenía ganas de vivir, de saltar… y así, de la forma más absurda, conocí a alguien con la sonrisa más maravillosa del mundo...
Aitor era una bocanada de aire fresco, muy fresco. Estando con él me sentía como en el medio de dos ventanas abiertas.


En cambio, para Lucas, verme con Aitor era como andar por encima de una hoguera, poco a poco le iba quemando. Eramos como una balanza, si uno estaba arriba el otro bajaba, no había manera de equilibrarla.

Aitor había desembarcado en mi vida y si quería seguir con él y dejar la historia de Lucas atrás tenía que apostar.
Aitor tenia todo lo que se puede pedir a un chico multiplicado por cien. Era divertido, transparente, tierno.
Lucas se dio cuenta y se apartó. No me puedo imaginar lo que sufrió. Pero Lucas es así. Si duele, aprieta los diente y sonríe.

Había imaginado la fiesta de mi dieciocho cumpleaños de muchas maneras, pero no de la peor; y es que todo se torció ese día; y es que en vez de tarta y velas tuve un secuestro; y en vez de celebrarlo en familia, lo celebré con una banda armada apuntándome a la cabeza.

Eso sí, en mi dieciocho cumpleaños recibí el mejor regalo de todos. Ese día me dí cuenta de que cada vez que flaqueara, cada vez que cayera al suelo siempre estaría allí Lucas para recogerme.


Viajar al centro de mis sueños con Lucas era lo mejor que me podía ocurrir. Me lié la manta la cabeza. Llené la maleta de bikinis. Cogí crema solar y un cepillo de dientes. Y ya estaba lista para cambiar de vida y escaparme con Lucas.

Mientras viajaba sola al otro lado del mundo me sentí sola, abandonada, estafada. Tenía la sensación de que había colocado a Lucas por encima de todo. Estaba en todos y cada uno de los capítulos de mi vida, estaba en todos, desde la portada hasta la última página. Sin embargo, yo no era más que un segundo o tercer capítulo para él. Le odié por eso, le odié tanto que mi corazón se separó a miles de kilómetros del suyo. No podía entender lo que había hecho, yo hubiera antepuesto mi propia vida antes de dejarle ir solo.

Resultaba graciosa que cuando nadie daba un duro por lo nuestro, cuando ya ni siquiera podía mirar a Lucas sin echarle algo en cara, mi padre empezara a apostar por nosotros. El mundo al revés.

Lucas estaba infiltrado en un caso en la cárcel. No paraba de llamarme pero yo no quería escucharle. Yo estaba encerrada en otra cárcel más cruel, la del odio y el rencor.

Pero Lucas y yo somos como salmones, siempre a contracorriente, remontando el río, y cuando mi madre, mi padre, Mariano y todos empujaban a Lucas a solucionar lo nuestro, nosotros nos revolvíamos.

Ya tenía dieciocho años, mi familia nos apoyaba. Entonces ¿porqué no volvíamos a encontrar los pies por debajo de las sábanas, porqué no podíamos ser otra vez Lucas y Sara …..te ha cegado pero al final la niebla se fue y acabamos mojándonos los pies en la orilla.


Y es que habíamos estado demasiado contenidos, viéndonos a diario, durmiendo pared con pared, casi oyéndonos respirar. Demasiado tiempo separados, parados en la cuneta. Pero ahora habíamos entrado en una autopista de cinco carriles sin límite de velocidad y con la quinta metida. Juntos hasta el final.

3 Comments:

Anónimo said...

Me quedo con la ultima frase "juntos hasta el final".
Y nosotras con ellos haste el final.

Anónimo said...

Amén.

Juntos hasta el final, como dice Marisa.

Besitos (madrid)

(Mucho curro lo de play-pausa-play-pausa...se nota que te lo curras, guapa)

Anónimo said...

Encontrándose los piés por debajo de las sábanas y mojándoselos en la orilla.Lo veremos.