jueves, 25 de diciembre de 2008

Fiestas de antaño

-¡¡Paco!! – gritó Lola mientras removía el guiso - ¡Vas a tener que bajar a por más champán! ¡Que con el del lote que te han dado en comisaría no tenemos ni para empezar, oye!
-¡Ahora voy Lola! – se oyó gritar a Paco desde el fondo del pasillo - ¡Que no me aclaro con el vestido este que quieres que le ponga a la niña!
-Hay que ver Paquito… yo aquí muriéndome de calor con los fogones desde las 10 de la mañana, y tú todavía vistiendo a la niña… ¡por una cosa que te pido! – exclamó mientras se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.
-Bueno, ¡ya está! – dijo Paco entrando en la cocina con Sara de la mano.
-¿Que ya está? – dijo mirando a la niña de arriba abajo que con cara de enfadada, no apartaba sus ojos azules del suelo – Pero si se lo has puesto del revés, Paco… - éste se llevó el pañuelo a la boca mientras inspeccionaba la vestimenta de la niña, un vestido de terciopelo azul con un lazo en la cintura y un pequeño fleco blanco que bordeaba la falda por encima de las rodillas.
Lola dejó de remover el guiso unos segundos y se agachó a la altura de Sara.
-¿Ves este lazo? – Paco asintió con el pañuelo todavía en la boca – Pues va detrás, Paco, te lo he dicho esta mañana… - Lola le dio la vuelta a la niña para desabrocharle la cremallera del costado.
-No me gusta el vestido mamá… - replicó Sara.
-Bueno, Lola… yo… yo… ¡sabes que no me aclaro con estas cosas, mujer!
-Si es que hay que ver, Paquito… - resopló Lola – a ver, ven aquí Sara, no te muevas…
-¡Pero mamá! ¡Que no me gusta el vestido!
-Sara, cariño, ¿qué tiene de malo el vestido que te ha regalado el abuelo?
-¡Que no es rosa! – su padre la miró ladeando la cabeza, se le caía la baba con su niña.
-Pero a ver cariño… ¿Cuántos años tienes tú ya?
-Ocho… - contestó Sara con timidez sin apartar su mirada del suelo.
-Pues ya está amor, las niñas mayores ya no llevan vestiditos rosas… - alegó Lola en un intento desesperado de que la niña no les diera el día de Navidad con el vestido.
-Me da igual mami, ¡yo quiero un vestido rosa! – dijo la niña mientras apartaba las manos de su madre de su costado y se iba corriendo hacia su cuarto. Lola se quedó agachada en el suelo, con cara de sorpresa y el ruido la campana extractora retumbando en su cabeza.
Paco la miró con sorpresa y se encogió de hombros.
-¿Y ahora qué hacemos?
-Tú vete a la tienda a por el champán y después vestimos bien a la niña, pero eso sí, con el vestido eh – dijo levantando la mano – ¡que si no mi padre va a pillar un disgusto…! - resopló – Y date prisa que ya son casi…casi…¡La una y media! ¡Ay Dios mío, Paco, corre, que están a punto de llegar!
-Ya va, Lola, ya va… así aprovecho y recojo a Lucas, que conociéndole, tiene que estar todavía tirado en el sofá y apestando a cerveza… - se llevó el pañuelo a la boca mientras buscaba con los ojos su chaqueta. Lola ladeó la cabeza.
-¿Has hablado con él últimamente? Yo hace más de una semana que no consigo dar con él… – Paco ahogó un gesto de tristeza en una falsa sonrisa.
-Bueno, es lógico, Lola, hace apenas un mes que su padre… - Lola asintió - bueno, ya sabes… que… “ha muerto”; yo creo que cualquiera de nosotros lo llevaríamos mal, y más Lucas, que ya sabes cómo adoraba a Tomás…
-Sí, lo sé… - los dos se quedaron mirando al suelo unos segundos hasta que el reloj de la cocina les recordó que ya era la temida hora y pudieron reaccionar.
-Voy, voy… en media hora vuelvo – le dio un beso en la mejilla a su mujer.
Veinte minutos después, Lola ya había terminado de poner la mesa, se había arreglado el pelo, que con tanta cocción necesitaba un buen retoque y había dejado la comida lista y calentita para servir en cuanto vinieran los invitados, pero no había conseguido que Sara saliera de su cuarto.
-¡Sara! ¿Quieres hacer el favor de abrir la puerta?
-¡Que no quierooo!
-No me obligues a aporrearte la puerta, ¡jovencita! ¡Que ya está bien de tanta tontería!
-¡Quiero un vestido rosa, mamá!
-¿Pero qué vestido ni qué niño muerto, Sarita? Si el único que tienes ya te está pequeño, cariño…
-Pero mamá… ¡Que hoy viene Lucas! ¡Yo quiero un vestido rosa!
-Mira cariño, si sales ahora con el vestidito azul que te ha regalado el abuelo y estás muy pero que muy sonriente toda la comida, te prometo que el lunes vamos a comprarte el vestido rosa más bonito que hayas visto nunca… - dijo sonriendo convencida de que sus palabras iban a dar resultado.
-¡Que no! ¡Que yo lo quiero ahora! – Lola miró al techo en un gesto de desesperación justo cuando el timbre la alertó de que ya habían llegado los invitados, por lo que dejó la puerta del cuarto de Sara y se dirigió al recibidor.
-¡Feliz Navidad! – deseó don Lorenzo entrando por la puerta con un abrigo negro que le llegaba hasta los pies. Detrás de él, entraba una jovencita Silvia, que ya en el último curso de medicina, veía en las Navidades un pequeño respiro para descansar de tantos libros.
-Feliz Navidad, Lola.
-Feliz Navidad – contestó ella abrazándose a su padre y su hermana.
-¿Dónde está mi pequeña? – preguntó don Lorenzo.
-Pues se ha encerrado en su cuarto y no quiere salir… - se lastimó Lola.
-¿Y eso?
-Nada, nada, papá… - dijo sin querer contarle la verdad – cosas de niños… - dijo encogiéndose de hombros.
En ese momento, oyeron como la puerta del cuarto de Sara se abría rápidamente, y unos piececitos revoloteaban por el pasillo en el sentido opuesto al que ellos pretendían. Detrás, otra puerta se cerró de golpe. Lola fue a ver qué había ocurrido.
-Pero… ¿será posible? ¡Ahora se ha encerrado en mi cuarto! – Silvia se rió - ¡Sara! – gritó Lola aporreando la puerta. – Nada, que no hay manera… - volvió hacia el salón.
-Esa niña os va a traer problemas, Lola… - advirtió Silvia.
-Pero es que cualquiera le niega nada con esos ojillos – dijo Don Lorenzo señalando la fotografía de Sara vestida de bailarina que presidía el salón.
Los tres se quedaron unos minutos sentados en el sofá, y disfrutando de un ligero aperitivo que Lola había improvisado mientras duraba la espera, hasta que se oyeron unas llaves al otro lado del rellano que llamaron la atención de todos.
-¡Feliz Navidad, familia! –dijo Paco cargando con un par de bolsas llenas de botellas. Detrás de él, un cabizbajo Lucas, mal afeitado y con el pelo alborotado, entraba con las manos en los bolsillos y con cara de tener pocas ganas de celebrar nada. Todos se miraron entre ellos, acordando no sacar el tema que sabían responsable del estado de ánimo de Lucas.
-Feliz Navidad, Lucas – dijo Lola mientras se acercaba a darle dos besos. Él se limitó a asentir con la cabeza, y detrás de Lola, don Lorenzo y Silvia le saludaron cordialmente intentando aportarle un poco de comodidad.
Se quedaron todos de pie en el salón, antes de colocarse a la mesa que Lola había preparado con toda la dedicación que el tiempo le había permitido cuando Silvia reparó en la presencia de una sexta persona en la sala.
-¡Sarita, cariño! – todos se giraron hacia la puerta del pasillo.
Ahí, de pie, y con las manitas recogidas sobre su vientre, se encontraba la niña, que descontenta con el atuendo que le habían impuesto sus padres, había corrido a buscar lo que ella deseaba al armario de su madre. Había cogido una camiseta sin mangas, rosa, de Lola que le llegaba por los muslos, y consciente de que le quedaba demasiado holgada, se la había estrechado con un cinturón plateado que había encontrado en la sección ochentera del armario de su madre. Por si no fuera poco, se había adueñado del collar de perlas más largo que había encontrado, y exitosamente, había venido andando desde el cuarto de sus padres, con unos zapatos de tacón que le iban 4 tallas grandes.
-Pero Sarita, mi amor… - exclamó Lola - ¿y ese modelito? – Sara miró al suelo avergonzada, no sin antes, observar que Lucas, al que todo el mundo creía totalmente incapaz de cambiar su rictus de inexpresión, la estaba mirando con una ligera sonrisa tierna.
-Déjala, Lola… - dijo Paco – vamos a comer, ¡que no veas tú lo que me ha costado que me vendieran el champán ya frío, y ahora se va a recalentar!
Todos se dirigieron a la mesa para sentarse en el sitio que la tarjetita les indicaba, pero Sara, se quedó de pie en el pasillo viendo cómo todos le pasaban por delante. Lucas, con la parsimonia de rigor, fue el último en pasar.
-Feliz Navidad, Lucas – dijo una vocecilla tímida, a lo que él se detuvo a su paso y le alborotó el pelo.
-Feliz Navidad, princesa.
La sonrisa de Sara iluminó todo el salón en ese instante, ella no necesitaba más regalos de Navidad.
La comida de Lola, como era de esperar, fue un auténtico éxito, por lo que ella quedó más que satisfecha. Todos coincidieron en admirar la preparación de la mesa, que había engalanado con unos manteles color burdeos y una vajilla color crudo y en alabar sus dotes culinarias.
-Excelente, hija, excelente – dijo don Lorenzo con la boca medio llena mientras dibujaba en el aire un círculo con el tenedor.
-Hay que ver Lola – siguió Paco – lo buenos que te quedan los pimientos rellenos.
-¿En serio? – Sonrió ella orgullosa – muchas gracias…- se giró hacia Sara - ¿qué te pasa, cariño? Si has dejado casi todo el plato entero…
-Es que no tengo mucho hambre mamá… - dijo Sara aupada a la mesa mientras revolvía la comida con el tenedor… parecía que la niña iba a conocer a tan pronta edad, los efectos secundarios del enamoramiento.
Entonces Lucas, sentado a su lado, cogió el tenedor de entre sus manos y pinchó un trozo de pimiento. Todos se quedaron sorprendidos, incluida Sara, ya que era el primer gesto que hacía en toda la comida, que no fuera centrarse en su propio plato, cabizbajo.
-Tienes que comer, Sarita – le dijo acercándole el tenedor a la boca- que necesitas crecer para convertirte en una chica muy alta… - se lo acercó un poco más – y muy guapa… - hasta prácticamente rozarle los labios.
Sara abrió la boquita y comió de lo que Lucas le estaba dando, sin quitarle los ojos de encima, y observar cómo había roto su inexpresivo rictus para sonreír otra vez triunfal ante su hazaña.
No importaban los problemas, ni las pocas ganas que tuviera de guardar las apariencias y hacerle creer a todo el mundo que estaba bien; su niña, siempre conseguía arrancarle una sonrisa terapéutica a tiempo… y durante los próximos meses, comprobaría sin duda, lo mucho que la necesitaba para salir del túnel en que la muerte de su padre le había metido.

Continuará... (salto temporal para fin de año)
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Feliz Navidad a todos
Que la celebréis con vuestros seres queridos y que disfrutéis de las vacaciones.

Nur

6 Comments:

Anónimo said...

Que buen regalo de Navidad, entrar en tu blog y encontrar un relato tuyo, como siempre precioso.

Pluie said...

Feliz navidad!! :)

me encanta este relato, es tuyo verdad? puff..pensar que así fue una navidad de elloss...jo Q bonito...bueno un besito y disfruta la navidad :)

Anónimo said...

Maravillosa Navidad, Nur.

!Qué bonito ver cómo pudo haber sido aquella Navidad en casa de los Miranda! Nos haces sentir allí...

Como siempre, sublime. Me encanta. Deseando leer la continuación.

Feliz Navidad también para tí, guapa.

Besitos gordos (madrid)

Anónimo said...

Felices Fiestas Nur!!

Me encantó tu relato, me imaginé toda la escena ^_^ nos has echo estar por un momento en casa de los Miranda pasando estas agradables fiestas con esta encantadora familia.

Que tengas una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo!

Besos, Susan.

Chaooo!! ;)

Anónimo said...

INCREIBLEE :D

Gabriela said...

Nur el relato es fantástico, muy tierno